Rosario por la Vida en Cádiz (crónica y reflexión)

Cádiz, 3.7.2011.- Unas trescientas cincuenta personas se dieron cita el Domingo 3 de Julio en la plaza del ingeniero La Cierva, para rezar un rosario por la vida. El acto fue presidido por la cruz de los jóvenes de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, réplica de la regalada por Juan Pablo II para las Jornadas Mundiales de las Juventud. Un cartel con la Virgen de Guadalupe completó el escenario. La convocatoria estuvo enmarcada en las Veladas por la Vida que Hazteoir.org convocó en toda España.

El primer acto fue la proclamación del manifiesto-introducción al rosario, en el que se pidió la protección legal de la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte natural. A continuación se pasó al levantamiento de la cruz, la cual fue recibida con un gran aplauso por los asistentes. Ya en el rezo del rosario por la vida, se pidió por las madres con embarazo imprevisto, por los niños que han sido abortados o están en peligro de serlo, por los que se dedican a la promoción y  negocio del aborto, por los que ayudan a las madres con dificultades para que tengan a sus hijos, y por las personas que sufren un trauma post-aborto. En la oración participaron diversas personas representativas de la iglesia de Cádiz: un joven, una religiosa franciscana, una niña, un matrimonio, un sacerdote y un cofrade. Los asistentes portaban algunas pancartas de Derecho a Vivir, así como una pancarta con la Sagrada Familia, del Movimiento Familiar Cristiano.

El Proyecto David, iniciativa gaditana que ha promovido esta oración por la vida, trabaja en la asistencia personal a mujeres embarazadas en riesgo de abortar y en la acogida y sanación espiritual de personas que sufren el trauma post-aborto.

Reflexión sobre el Rosario por la Vida

“¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”

Eso le dijo la Virgen guadalupana a Juan Diego, cuando la preocupación por la salud de su tío le apartó del camino en el que ella le salía al encuentro. Y eso nos ha dicho a nosotros, que tan preocupados estamos muchas veces por las cosas terribles que pasan en el mundo, una de las cuales es el aborto. A veces queremos afrontarlas –o esquivarlas- a nuestra manera, desviándonos del camino donde ella nos espera. Así fracasamos y nos desesperamos.

Porque… nosotros hemos ido a rezarle un rosario a la Virgen, pero lo que mejor describe lo que en el fondo ha pasado, es que ella nos ha llamado porque quería decirnos algo. Ella no quiso ser la protagonista, aunque estuvo en espíritu y visiblemente representada por la imagen de Guadalupe. Quiso que la protagonista fuese la cruz donde su Hijo dio por amor a nosotros hasta la última gota de su sangre. Y como en la boda de Caná dijo, señalando a Jesús, “haced lo que Él os diga” (Juan 2,5), esta vez nos pidió que miráramos la cruz del Señor y comprendiéramos lo que no se puede decir con palabras. Sólo confiar en Cristo, que murió en esa cruz para librarnos del pecado y de la muerte: Él es la respuesta.

También nos dijo que, por medio de nosotros, quiere llevar ese mensaje a todas las madres desesperadas y confundidas, tentadas de buscar la falsa solución del aborto, la solución que les señala a veces su entorno, apartándolas del camino donde María les espera con el verdadero alivio. A esas madres y padres que tratan de esquivarla, como Juan Diego, ella quiere salirles al encuentro y decirles: ¿No estoy yo aquí, que soy vuestra madre? Como si dijera: No desesperéis, yo voy a ayudaros. Y nos requiere a nosotros para ello.

A nosotros, que podríamos vernos abrumados por esa tarea, por ese Goliat del aborto, nos enseña a confiar, a no tener miedo, a plantarle cara, porque cada mujer por la que rezamos, cada madre a la que ayudamos, cada mujer rota por el trauma del aborto a la que acogemos, es un gigante derrotado por el pequeño David, es una gran victoria del Señor. Cada vez que nos unimos a la cruz del Señor y lo pasamos mal para ayudar a una mujer, Cristo vence en nosotros. Cada vez que una mujer o una pareja se unen a la cruz del Señor y afrontan el embarazo con verdadero heroísmo, Cristo vence en ellos. Cada vez que acogemos a alguien que ha participado en un aborto, sin juzgarle, y le ayudamos a sanarse espiritualmente, Cristo vence. Cada vez que alguien con trauma post-aborto se arrepiente y recibe la sanación espiritual que sólo Dios puede darle, Cristo vence. Cada vez que nos atrevemos a testimoniar el valor sagrado de la vida humana, Cristo vence. Cada vez que alguien posterga sus prejuicios y conveniencias y abraza la verdad, Cristo vence. Para eso, María nos enseña a ir por su camino, con ella, no por los caminos que parecen sensatos hoy en día. Esta vez lo hemos hecho así, y hemos rezado un rosario en la plaza pública pidiendo por las madres, por los niños, por los abortistas, por los provida, por todos. No cabe nada más insensato visto con ojos mundanos. Pero en este camino está nuestra Madre, señalándonos la cruz de Cristo y nuestra misión, como al indio Juan Diego. En este camino está nuestra única Victoria. ¡Gloria a Dios! Gracias, madre.

Muchas gracias a todos, aunque en realidad somos todos nosotros los que tenemos que estarle agrecidos a ella.

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